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Prólogo: Vi la colección de fotografías, Buñol antifascista, en la exposición de El Oscurico, meritoriamente organizada por la asociación El Canto del Búho. Fue un primer día en el que hubo que desmontarla y volverla a colocar por esos motivos protocolarios. En la tarde que yo estuve por primera vez, no había dado tiempo todavía a ponerles el pie explicativo. Mi primera impresión entonces fue sólo la entrañable del que pasa hojas en un viejo álbum de familia, sin la voz de la palabra que ahondara en el descubrimiento de su identidad. Aunque razón es para decirlo, el clima y el espacio escénicos, el conjunto unitario de las otras exposiciones que la acompañaban de José María Azkárraga sobre la guerra, la guerrilla y las colonias escolares, daban claves suficientes para compartir simpatías y aprecio. Posteriormente volví a verla toda completa, con los minirelatos individuales y colectivos del esfuerzo social en los tiempos de conciencia republicana y lucha antifranquista. Para la edición de este libro, conteniendo esas fotografías, me piden amablemente unas palabras de presentación. La palabra, he de decir, que lleva de la mano al conocimiento y a la apropiación de la vida, a la manera de ser y de ver. Es un río de aguas que pueden adjetivarse como claras, cristalinas, o turbias y profundas. El camino va haciendo el viaje. La palabra, a veces, con la sabiduría del callarse a tiempo, es sólo compañía, y no la protagonista de una historia, bien completa, narrada con imágenes donde se reconoce el argumento del compromiso histórico de las mujeres y los hombres de Buñol: PCE, CNT, XIV Cuerpo Guerrillero, AGLA, Exilio, Cárcel. Ocurre así aquí, donde estas líneas invitadas también llaman a abrir las ventanas de la memoria colectiva y ver reverberar, en esas quietas postales del tiempo, toda una amalgama de colores en el alma tricolor del gris. Solos o acompañados, me parecen que tienen estos rostros congelados luz de estrellas. Reviven imágenes perdidas en las galerías del pasado y se dejan acompañar. Nos llevan de la mano allí donde la historia se ha construido a base de tantos credos de sudor, de tanta lucha denodada por la justicia y la libertad, y de no pocos envites del color de una tierra y un tiempo sumiso unas veces, implacable otras, sobre las hombros. En esas caras hay un guiño de complicidad: somos fruto de su misma semilla. Cualquiera que las contemple detenidamente puede decir, sin echar manos del sueño de una noche de verano, que esos ojos le hablan y le preguntan; quieren dialogar con nosotros y saber qué ha sido de la vida: ¿se han cumplido los propósitos?, ¿acaso el destino imprevisible ha ido marchitando una a una todas las ilusiones que un día florecieron?, ¿hemos sabido recoger su testigo? El blanco y negro, además, expresa mejor que el color todos estos sentires. Hacerse una foto, conservarla, y ahora mostrarla a los demás, si no es un acto de justicia, sí es una necesidad justa. Todo lo que se pierde de privacidad cuando uno libremente se hace una foto, se gana en memoria, y a poco que apuremos, en hermandad y compromiso, en señas que personifican la condición de unas gentes, de una época y de un pueblo. No están los tiempos como para dejarse arrasar por el temporal de la sequía. La desertización humana es una plaga extendida por el poder que no necesita ni quiere referentes de lucha popular y obrera. Cuando las grandes ciudades, parece, han dejado de devorar, económica, política y culturalmente, a los pueblos pequeños, ahora se extiende la cultura de los grandes centros comerciales y de la bonoloto. Yo que soy de un pueblo de donde nacen los ríos, en muchas ocasiones me he visto paseando solo por sus calles y sus plazas. Ahora bien, el supermercado tiene nombre conocido, el frontón está nuevo y la minipiscina este verano la inaugurará algún delegado autonómico. ¿Pero alguno de los jóvenes que se bañen en ella podría decirme cuánto nos ha costado llegar hasta aquí?, ¿o es que los cimientos de la democracia y la convivencia los hemos conseguido, como se decía de los malos conductores, en una tómbola? Las fotografías, como otros aperos del hacer cotidiano, adquieren un valor documental insustituible. Con ellas, los seres nominales con nombre, apellidos y hasta apodo, cuando fallecen no pasan a engrosar el lapidario de las burkas. No son seres anónimos, seres de rótulo. Se restablece con ellas un vínculo más estrecho de camaradería con la comunidad. Cuando no existía la fotografía, en nuestra civilización occidental, hubo que echar mano de los rasgos genuinos en esculturas, dibujos, pinturas. Pero además del valor representativo, contienen también las fotos miles de detalles singulares relacionados con la vestimenta, el transporte, el trabajo. Las fotografías, desde luego, y no me cabe duda, son un bien cultural que las instituciones deberían proteger procurando su conservación y conocimiento. Para eso están los archivos históricos. Y estas valiosas y representativas imágenes van en blanco y negro, pero el tiempo de la fotografía en color, seguramente, ahondará en las mismas verdades. Salvador F. Cava |