Albaceteños
que salieron del infierno
Investigan la deportación de los albacetenses
a campos nazis tratando de reconstruir la biografía
de los exterminados y recuperando testimonios de los supervivientes
Maite Matínez / Albacete
Emilio aún conduce a toda velocidad por París.
La semana que viene cumplirá 87 años, pero
cada mañana se levanta a trabajar en su taller, ya
heredado por su hijo. «Es esta fortaleza la que le
permitió sobrevivir, y algo de suerte».
Quien así habla es José Ángel
Alcocel, un sociólogo que, junto a José Antonio
Mancebo, profesor en la Universidad Politécnica de
Madrid, y Victor Leal, están inmersos desde hace
dos años en una investigación de la Universidad
de Castilla-La Mancha sobre el franquismo en Albacete, impulsada
por Manuel Requena. En concreto, ellos tratan de reconstruir
la biografía de los más de cien republicanos
albaceteños que terminaron en el infierno de Mauthausen,
en Austria.
Uno de los que sobrevivieron para contarlo es Emilio,
Caballero Vico de apellidos para más señas.
Nacido en Mahora, este hombre no es el único que
logró salir con vida. La suerte, la solidaridad de
los compañeros y la agudeza de ingenio a la que obliga
unas condiciones de vida extremas, acompañó
al menos a otros quince deportados albaceteños que
sobrevivieron a los campos de exterminio, al trabajo extenuante
en condiciones de esclavitud, al hambre arrastrada de años,
a las enfermedades, a las inyecciones de benceno, a las
cámaras de gas, a las palizas brutales.
El mortífero Gusen
Otros muchos, al menos 96 identificados con nombres,
apellidos y lugar de nacimiento, murieron en Mauthausen
o alguno de los 46 subcampos que los nazis llegaron a crear
alrededor de Mauthausen. La mayor parte de los españoles
fueron trasladados a Ebensee, Steyr o Gusen, «el más
mortífero», asegura Mancebo, que fija entre
1941 y 1941 la gran masacre. El campo de Gusen, a cinco
kilómetros del campo central, se inauguró
en enero de 1941 con un envío de 400 presos de Mauthausen,
entre los que figuraba Emilio, «estaba enfermo, sabía
que lo iban a matar y por eso hizo lo que pudo para ir a
Gusen», les habían dicho que iba a ser como
un hospital de curas.
La realidad resultó ser otra, Gusen fue la
tumba de muchos. De los 7.500 españoles que se calcula
llegaron a Mauthausen, unos 5.200 murieron y, de éstos,
3.900 no salieron nunca de Gusen. Sólo en este campo,
cerca de 40 albaceteños, fueron exterminados. Otros
nueve albaceteños se sabe que murieron en el Castillo
de Harthein, famoso por su sadismo y política de
exterminio, pues era allí donde se ensayaban los
temidos experimentos nazis.
Por Gusen también pasó José
Ocaña García, otro de los albaceteños
que consiguió sobrevivir, aunque a él la liberación
le cogió en otro campo distinto, en Ebensee, donde
bajo unos inmensos túneles los nazis fabricaban armamento.
Hasta el último día
El 5 de mayo de 1945, -día en el que José
Ocaña cumplía 38 años-, un día
antes de que las tropas aliadas llegasen a liberar Ebensee,
los presos se negaron a entrar en los túneles a trabajar,
abortando así el plan de los nazis de dinamitar el
túnel con ellos dentro antes de huir cobardemente,
siguiendo así una orden de Hitler de no dejar testigos.
En Ebensee también le cogió la liberación
a otro albaceteño, José Sáez Cutanda,
el prisionero 6.676 de Mauthausen, nacido en Bormate en
noviembre de 1919. Falleció el año pasado,
a los 85 años, pero estos investigadores de la Universidad
regional llegaron a tiempo de recuperar sus testimonio que
se conservará para la posteridad. Su viuda, Pierrette,
es ahora una de las principales aliadas de estos estudiosos
castellano-manchegos.
El gran éxodo
La vida de José Ocaña nos la cuenta
hoy su hijo, Juan, y nos sirve para traer a nuestra memoria
la dramática historia de los deportados españoles,
pues todos tienen la misma historia. José Ocaña,
nació en Paterna del Madera, pero pasó la
Guerra Civil, como oficial de intendencia del ejército
republicano encargado de requisar viviendas y pertenencias
para atender a los brigadistas en Albacete. Al término
de la contienda civil, se vio obligado a esconderse, primero
en el pueblo de su esposa, Santa Ana; luego en el municipio
valenciano de Benifayó, a donde llegó andando
por las carreteras, haciéndose pasar por un pintor
de mojones, buscando refugio en casa de un antiguo chofer
suyo. El exilio llegaría irremediablemente y, en
mayo de 1939, cruzaba la frontera. Uno más en el
gran éxodo republicano.
José Ocaña dejó en Albacete a su mujer,
Ramona Ocaña, embarazada de quien hoy nos cuenta
esta historia y con tres hijos a su cargo -uno de ellos,
el único varón por entonces, murió
sin que pudiera volver a verle nunca más-.
Jamás olvidaría esta circunstancia.
Su hijo asegura que uno de los motivos por los que su padre
pocas veces hablaba de lo que sufrió en Mauthausen,
era por el pudor que sentía al imaginar lo mucho
que había sufrido su familia a la que tuvo que abandonar.
Otra de las razones, el miedo de que no les creyeran, «era
tan espantoso que temían no ser creídos».
El pánico, más bien la fobia que José
Ocaña tomó hacia los perros, sobre todo, a
los de la raza alemana que utilizaban los SS para lanzarlos
a la yugular de los presos que caían extenuados al
suelos en cada control o el quiste que con los años
le ocasionó el puñetazo que un nazi le dio
en un pómulo, son algunos de los recuerdos que hoy
conserva Juan Ocaña quien, el morir su padre, se
vio movido a visitar Mauthausen para conocer de cerca el
campo de los horrores donde había vivido su padre,
y del que tanto le costaba hablar.
Voluntario
José Ocaña fue a parar al campo de
concentración de Argéles-Sur-Mer, de donde
salió en septiembre de 1939, enrolado en el 22º regimiento
de voluntarios, que fue apresado por los nazis, en junio
de 1940, en el frente de La Somme.
La misma suerte terminaron corriendo el resto de
republicanos españoles, aunque la gran mayoría
habían pasado a engrosar las filas de una de las
Compagnies de Travaileurs Étrangers que el gobierno
galo creó para emplear a los exiliados en construir
carreteras o líneas de trincheras para defenderse
de Alemania. Enrolados en el ejército, o trabajando
en estas compañías, el destino para todos
los republicanos españoles fue el mismo: primero
los Stalag, unos centros de trabajo para prisioneros gestionados
por la Gestapo, y después Mauthausen, el campo de
los españoles, como fue bautizado.
Sin patria
José Ocaña no fue una excepción,
«mi padre llevaba uniforme, cartilla militar, pero
no fue considerado un preso de guerra como los franceses,
sino que pisoteando las convenciones de Ginebra los deportaron
a campos de exterminio», resalta su hijo.
Desde el Stalag 7A, en agosto de 1940, una vez que el entonces
ministro de Exteriores de Franco, Serrano Suñer,
se desentendiese de ellos con la sentencia de que 'fuera
de España no había españoles', este
albaceteño de Paterna del Madera, como otros miles
de republicanos españoles, empezaron a llegar al
campo de exterminio nazi, donde se les colocaría
el triángulo azul, el de los apátridas. Y
apátridas fueron hasta el final. Cuando Mauthausen
fue liberado, acontecimiento del que ahora se conmemora
el 60 aniversario, muy pocos volvieron a España,
«se habían quedado sin país».
La mayoría, como José Ocaña, se instaló
en Francia donde en 1947 se reencontró con su mujer
y tres de sus hijos.
José Ocaña, que murió en 1989,
nunca regresó a Mauthausen. Igual que tampoco ha
querido regresar quien fuera uno de sus mejore amigos en
este horror, Fernando García Ortega, nacido en Elche
de la Sierra, hace 87 años, y que, actualmente, es
secretario de la Federación Española de Deportados
e Internados Políticos, en París. El papel
de estas organizaciones ha sido fundamental para rescatar
la historia de los deportados españoles, velada por
el olvido y un silencio generalizado, durante muchos años.
Las listas paralelas
Este olvido ha podido romperse gracias a los propios
presos, que se elaboraron listas paralelas, que fueron sacadas
del campo tras la liberación y que han permitido
conocer con cierta fiabilidad cuántos españoles
fueron exterminados y una cifra bastante aproximada de los
que ingresaron en los campos.
El funcionamiento de los campos de concentración
era complejo, hacia falta mucho personal que ocupara múltiples
funciones. Había desde barberos, hasta fotógrafos,
pasando por carpinteros o escribientes. Estas tareas, en
un alto porcentaje, no las hacían los SS, sino los
propios prisioneros, algunos de los cuales llegaron a convertirse
en personas indispensables para el funcionamiento administrativo
del campo porque, sólo ellos, eran capaces de controlar
los archivos. Archivos donde se custodiaban fichas de entrada
de los prisioneros, donde se anotaba todo lo que se sabía
de ellos.
Estos mismos presos se encargaban de completar esas
listas paralelas que hacían como podían los
propios presos, «cuando llegaban las carretillas llenas
de hombres muertos para quemar en los hornos, se dieron
cuenta que luego no se sabría quienes eran, empezaron
a hacer listas, en papel de las sacas de cemento, que escondían
enrolladas en las tuberías», relata Juan Ocaña,
rememorando un episodio contado por supervivientes como
su padre.
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