| Rebelión, 12
octubre 2005.
Los apaleamientos e insultos a los subsaharianos
en Melilla son algo más radical y temible que el
racismo; son la manifestación de un anti-humanismo
beligerante y potencialmente homicida.
Santiago Alba Rico.
Teníamos que haber reservado un poco de ingenuidad
para esta ocasión. Los últimos años
nos han ofrecido un repertorio tal de horrores que se nos
ha constipado la conciencia. España se estremeció
con el derribo de las Torres gemelas y sus 3000 muertos;
se estremeció con las bombas de la estación
de Atocha y sus 200 sencillos peatones despedazados; se
estremeció incluso con los misiles sobre Bagdad y
las torturas de Abu-Gharaib y se ha estremecido con las
escenas de la Nueva Orleans volteada por el agua y abandonada
por su gobierno. Y sin embargo mucho más impresionante
que todo esto -como interpelación y como imagen-
es el tratamiento zoológico dispensado a los africanos
en el telón de acero de Melilla. El tiroteo, deportación
y enjaulamiento de miles de personas que pedían ayuda,
eso que llaman "política migratoria" como
Hitler llamaba "política demográfica"
al traslado a Auschwitz de los judíos europeos, impugna
de hecho, ante los ojos del mundo, la legitimidad, viabilidad
y justicia del orden político y económico
vigente. Al mismo tiempo, la reacción de nuestros
políticos, nuestros medios de comunicación
y nuestra opinión pública impugna nuestro
derecho a la riqueza, nuestro derecho a instituciones democráticas
y, sobre todo, nuestro derecho presente y futuro a sentirnos
buenos.
Después de todo, el dolor del 11-S y el del
11-M pueden atribuirse a "malvados terroristas";
y el dolor de los niños de Bagdad cabe atribuirlo
a "malvados imperialistas". Pero en el caso de
Melilla no hay duda: hemos fotografiado el sistema mismo,
hemos fijado para siempre la imagen de un orden que tiene
que tirotear al que pide ayuda, que no puede dejar de tratar
como animales a los que tienen hambre, que no puede permitirse
siquiera la hospitalidad.
Que los africanos vengan a pedir socorro a los mismos
que les roban demuestra su desesperación; que los que les roban
reciban su demanda de socorro con balas y palos demuestra
la irrevocable ignominia del capitalismo. Podemos hacer
guerras lejanas, imponer programas de ajuste estructural,
firmar en un despacho un acuerdo comercial y destruir diez
países sin violar en apariencia ningún mandamiento.
Pero si llaman a nuestra puerta unos hombres que tienen
hambre y sed, entonces no nos queda más remedio que
romperles la cabeza, dispararles y abandonarlos en el desierto.
Se crea o no en Dios, esto es un pecado y un pecado tan
vergonzoso, tan sucio, tan abyecto, tan despreciable, que
no es raro que hagamos un esfuerzo tan grande por ocultarlo,
olvidarlo o justificarlo.
Zapatero ha mandado al ejército español
a asesinar a un mendigo que extendía la mano, como
hacen las bandas de neonazis con los que duermen entre cartones,
y España aplaude o calla.
Carlos Fernández Liria nos reproducía
en estas mismas páginas la broma de la católica
COPE, celebrada por miles de oyentes, sobre la prueba olímpica
de "salto a España"; José Daniel
Fierro nos recordaba los delirios bellacos de Libertad-Digital
sobre esta "invasión" que no se rechaza
con la suficiente contundencia; y basta leer los titulares,
noticias y comentarios de El País y de El Mundo para
ver trocarse toda esta vergüenza indisimulable en eufemismos,
perífrasis e hipérbatos tan complicados y
frágiles como un churro de vidrio: "Melilla
está viviendo de cerca el drama de la inmigración",
como si fuesen los melillenses las víctimas y como
si se tratase sencillamente de vivirlo de lejos; "doble
perímetro de impermeabilización fronteriza",
eufemismo siniestramente sanitario que encubre bajo un tecnicismo
aséptico una valla erizada de pinchos y deshumaniza
a los que intentan saltarla; "algunos han muerto en
el intento y otros llevan en el cuerpo las secuelas de esta
acción desesperada", como si se hubiesen herido
solos en una prueba de alpinismo; "su situación
pone en cuestión la moralidad del reino de Marruecos",
porque el reino de España preferiría, en efecto,
que los mataran por el camino, según lo acordado,
dejando para los musulmanes un trabajo que los cristianos
no pueden hacer sin que se resienta su sentido de la moral
y se les atragante el polvorón de la democracia y
los derechos humanos con que se llenan eternamente la boca.
Hay contradicciones que sólo pueden salvarse
con un relleno de vacío; es decir, con más
y más nihilismo armado. Si un soldado se dedica a
torturar prisioneros y, al volver a casa por las tardes,
quiere ser un ejemplo para sus hijos, esos prisioneros tienen
que ser nada. Si una sociedad elige ininterrumpidamente
la pobreza de África y tiene que contenerla a golpes
cuando amenaza nuestro culpable bienestar y quiere, además,
conservar sus valores y su superioridad moral, tiene que
convencerse de que esos africanos se merecen su destino
como nosotros nos merecemos nuestros supermercados y nuestros
móviles. La valla de Melilla es tan natural como
el mar Mediterráneo y tan justa como la luz del día.
Pero esa valla, que corta el mundo en dos sin umbrales
ni transiciones, es también una pantalla donde se
reflejan indisimulables dos contradicciones que es más
fácil olvidar en otras partes. La primera tiene que
ver con la dirección y posibilidad misma de los desplazamientos
individuales en un espacio económico desigual en
el que los Estados-Nación, formalmente homogéneos,
tienen una capacidad desigual para imponer su soberanía.
Convenciones internacionales y constituciones locales, con
arreglo a los principios de la ONU, reconocen y exigen respetar
el derecho individual de los ciudadanos a salir de sus países.
Pero esas mismas convenciones y constituciones, con arreglo
a los principios de la ONU, dejan en manos de los Estados
el derecho de entrada. Salir es un derecho individual; entrar
es un derecho de Estado. En un espacio económicamente
desigual donde la soberanía está también
desigualmente repartida, si los españoles parecen
tener el derecho individual a entrar en Marruecos o en Indonesia
es sólo porque el Estado español tiene la
suficiente fuerza para debilitar o doblegar la soberanía
marroquí o indonesia; si los senegaleses, los nigerianos
o los propios marroquíes parecen, por el contrario,
no tener el derecho a salir de África es sólo
porque la soberanía española es lo suficientemente
soberana para impedirles entrar en España. De hecho,
los españoles pueden entrar en Marruecos o en Indonesia
porque no son individuos sino manifestaciones impersonales
de un Estado soberano; de hecho, los senegaleses no pueden
salir de África porque son sólo individuos
indefensos desprendidos de Estados sin soberanía.
Paradójicamente y contra las apariencias,
la libertad de movimientos sólo está prohibida
a los individuos. Esta contradicción, en cualquier
caso, permite a los Estados occidentales -mientras no se
les obligue a disparar contra las vallas- escandalizarse
moralmente por las restricciones impuestas en otro tiempo
en la Unión Soviética o en la RDA a los que
querían salir de su país y al mismo tiempo
suspender de facto ese derecho, sin violar ningún
mandamiento ni conmoverse en sus valores, impidiendo la
entrada, por todos los medios, legales y/o violentos, a
los que salen individualmente de sus naciones intervenidas
y deshilachadas (convertidas en verdaderos "contenedores"
mediante acuerdos bilaterales con gobiernos más que
dudosamente democráticos).
Pero esta contradicción determina también,
y es la condición, de un doble desplazamiento en
el espacio, en direcciones contrarias, ascendente y descendente,
que coincide con esas figuras activamente políticas
que llamamos respectivamente turista e inmigrante. Millones
de turistas occidentales entran libremente todos los años,
como depositarios abstractos de un poder superior, en Egipto,
Bali, Marruecos, Túnez, mientras millones de inmigrantes
latinoamericanos y africanos son rechazados, como puros
individuos desamparados, en las fronteras de EEUU y de Europa.
De hecho, y en términos estructurales, los inmigrantes
lo son desde su nacimiento, ahora y siempre, en su propio
país, aunque no salgan de sus fronteras, como lo
demuestra el hecho de que los turistas, por su parte, viajan
provistos, e imponen allí donde van, sus vallas melillenses:
hoteles blindados con fuertes medidas de seguridad, playas
privadas, circuitos cerrados protegidos de los nativos,
los cuales sólo pueden penetrar agachados y clandestinamente
y a los que siempre se juzga importunos, molestos o sospechosos.
Pero de esta manera, en el contexto aceptado por
todos de una desigualdad de soberanías que veta los
desplazamientos individuales -y sólo éstos-
y que enfrenta a turistas e inmigrantes con independencia
de dónde estén, las bombas de Bali, Egipto
o Kenia son sólo el equivalente, a escala menos dañina,
de las medidas "migratorias" occidentales que,
únicamente en el Estrecho de Gibraltar y en la frontera
de México con EEUU, han matado en los últimos
diez años a 35.000 personas. La lógica de
Libertad-Digital, de la COPE, de El Mundo y de El País,
de nuestros políticos y de la opinión pública
española, obliga a considerar los atentados terroristas
contra turistas occidentales como legítimos dispositivos
de soberanía restrictora, a igual título que
los telones de acero, los disparos y las deportaciones contra
los subsaharianos en Melilla. La valla de Melilla es, pues,
una invitación a la bomba y una legitimación
de sus efectos.
La segunda contradicción de la Valla es una
prolongación de la primera y tiene que ver con la
ya conocida paradoja de los Derechos Humanos. Contra los
principios universales de la Revolución francesa,
el reaccionario Joseph de Maistre recordaba que en el mundo
no había nada que pudiésemos llamar hombres
sino sólo españoles, franceses, ingleses e
incluso persas (si es que se aceptaba el testimonio de Montesquieu,
que había escrito sobre ellos). Esta burla certera
desnudó, siglo y medio después, las consecuencias
absurdas y trágicas de pretender defender los derechos
humanos en un espacio económico desigual regido formalmente
por el Estado-Nación.
Ya Hannah Arendt llamó la atención
sobre el hecho de que, una vez desprovistos de patria, de
familia, de dinero, reducidos a su pura condición
humana, los apátridas y refugiados de la Segunda
Guerra Mundial quedaban por eso mismo al margen de todo
derecho. Individuos puros, los hombres que saltan la valla
de Melilla y destruyen su pasaporte para que no se les devuelva
a sus naciones minusoberanas, privados por tanto de toda
tutela, sin recursos y sin nacionalidad, se convierten en
hombres, en hombres y mujeres a secas, y no tienen más
que su desnuda condición humana para resistir. Y
precisamente a partir de ese momento y por eso mismo dejan
de ser sujetos de derecho y su destino es el desierto. El
reaccionario Joseph de Maistre tenía razón
y quien se la da es el mismo neoliberalismo capitalista
que, al mismo tiempo, sigue proclamando el carácter
sagrado y universal de los derechos humanos.
Los hombres, en cuanto que hombres, no tienen aquí
y ahora ningún derecho y todo el que no sea algo
más que hombre, todo el que no sea algo más
que un individuo -español o millonario o mafioso
o alguna combinación de estas tres cosas- sólo
puede aspirar a que lo encarcelen o lo maten. Los españoles
que se pasean ufanos y orgullosos por la plaza de Marrakesh
en sí mismos no son nada; y su seguridad en sí
mismos, y el desprecio de los otros, y su invulnerabilidad
asumida, no es el resultado de nada que hayan hecho o merecido
sino exclusivamente de la posesión de un pasaporte
cuyo valor aleatorio puede, de pronto, desaparecer.
Los apaleamientos e insultos a los subsaharianos
en Melilla son algo más radical y temible que el
racismo; son la manifestación de un anti-humanismo
beligerante y potencialmente homicida. Lo peor que se puede
decir de alguien es que es sólo un hombre; lo peor
que se puede hacer con alguien es tratarlo como si fuera
un hombre. No hay nada más peligroso en este mundo
que ser sencillamente un hombre. O quizás sí,
quizás es aún peor ser... senegalés.
Propongo a la COPE que proponga a los organizadores
del rally París-Dakar bonificar con algunos segundos
de premio a los pilotos que, en su vertiginoso correr por
el desierto, atropellen a un niño africano que así
ya no podrá viajar a España en el futuro.
Y propongo a Al-Zawahiri que proponga a Al-Qaida bonificar
con unos segundos más de paraíso a los nativos
que le rompan la pierna a un turista en una tienda de souvenirs
de Bali o de El Cairo, para que no vuelva a estos países
de vacaciones. El nihilismo de unos y de otros forma parte
de la siniestra lógica de las cosas, aunque también
la inocencia de las víctimas es desigual y al revés
de lo que nos parece. La diferencia entre el integrismo
occidental y el islamista, en cualquier caso, es que en
Occidente el integrismo ya está en el poder y es
seguido, votado y aplaudido por la mayor parte de la población,
la cual, además, se pasea por todos los rincones
del mundo, sin que nadie se lo impida, en pantalones cortos.
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