| Estimados amigos:
Hace sesenta y seis años, en una madrugada
como esta en la que escribo, un maestro lorquino destinado
en Yecla, Ginés Balsalobre
Clemente, mi abuelo, escribía su
última carta a la familia antes de ser pasado por
las armas en un ramblizo próximo al cementerio de
Espinardo. Tal como reza la diligencia del sumarísimo
de urgencia: "efectuados
los reglamentarios disparos de gracia por el oficial que
manda el piquete, como médico de servicio designado
para este cometido certifico el fallecimiento de Ginés
Balsalobre Clemente, procediéndose seguidamente a
su enterramiento en fosa común".
Fue enterrado en la zona 20 del citado cementerio,
un tétrico lugar ubicado en un rincón apartado
del camposanto. Su familia nada supo de su asesinato "legal"
hasta varios días después por referencias
de los familiares de sus compañeros, que regresaron
de Murcia con la triste noticia para mi abuela. Su cuerpo
no pudo ser recuperado. Fusilado junto con el alcalde de
Murcia y varios concejales y componentes del Frente Popular
de Murcia en la madrugada del día 7 de noviembre,
son casualmente las primeras ejecuciones inscritas en el
registro del cementerio. Los cientos de fusilamientos realizados
desde la "liberación"
de Murcia el 29 de marzo y hasta el 6 de noviembre de 1939,
quedaron el más absoluto de los anominatos.
Hoy, siete de noviembre, también se conmemora
otro hecho histórico, que tampoco la sociedad murciana,
NI SU IZQUIERDA, ha sabido incorporar a su bagaje de valores
morales para el rearme de sus convicciones y su proyección
sobre la sociedad civil y las instituciones.
Fernando Hernández es profesor de Historia
en el IES "Sefarad" de Fuenlabrada (Madrid). Un
buen amigo del que me cabe esta madrugada el honor de pasaros
y que acaba de pasar a la Lista "GCE", la más
prestigiosa de las que existen sobre la guerra civil. Un
trabajo que suscribo plenamente y que me produce una infinita
desolación al comprobar el panorama existente en
la Región de Murcia, completamente ausente del conocimiento
de su memoria Histórica.
Os dejo con Fernando y gracias por vuestro tiempo.
Floren Dimas.
Desde Lorca
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Madrid, madrugada del 6 al 7 de noviembre
de 1936: «¡NO PASARÁN!»
La principal consecuencia del negacionismo, y aún
de la equidistancia historiográfica, es la pérdida
de referentes de los que, como sociedad democrática,
deberíamos enorgullecernos. Hoy, 6 de noviembre,
hace 69 años que comenzaba la batalla de Madrid.
Si la nuestra fuera una colectividad con memoria, sus avatares
se enseñarían en las escuelas y los nombres
de sus protagonistas ornarían nuestras calles. Si
la nuestra fuera una comunidad con convicciones, en el intradós
de los arcos del Puente de los Franceses se hallarían
esculpidos en bajorrelieve los nombres de las unidades que
participaron en la defensa de la primera ciudad del mundo
que plantó cara al fascismo.
Francia rememora Valmy y ha erigido esta batalla
en el paradigma de la victoria del pueblo en armas, de la
Ciudadanía movilizada en defensa de la Nación,
sobre los ejércitos mercenarios siervos de los reyes.
Y aquí ignoramos la gesta llevada a cabo por un voluntarioso
ejército de ciudadanos que, enarbolando los nombre
de sus oficios en los emblemas de sus recién improvisados
batallones -el de Peluqueros, el de Artes Blancas, el de
Metalúrgicos, el Ferroviario y el de Artes Gráficas...-,
hicieron frente a la feroz embestida de las mehalas, las
harkas y los Tercios, integrantes de un ejército
colonial con patente para el pillaje, la violación
y el asesinato, cual soldadesca de la Guerra de los Treinta
Años, frustrando la supuesta fácil conquista
de la capital de la República, cuya caída
no sería lograda -traición mediante- hasta
dos años y medio después.
Es probable que, al paso que van las cosas, se nos
acabe exigiendo que pidamos perdón: perdón
por resistir y por no facilitar la rápida toma del
poder por el generalato de casta, los dueños del
cortijo y los sacristanes; perdón por lo de Asturias,
por negarse a recorrer con docilidad el camino a los campos
de concentración, como en Alemania, o a beber con
deleite el aceite de ricino, como en Italia, mientras se
instauraba en el poder el corporativismo vaticanista; perdón
por haber echado a Su Majestad don Alfonso, por no reírle
las gracias tabernarias a Primo de Rivera ni levantarle
la caza con presteza servil al conde de Romanones; perdón
por negarse a ser un cadáver sonriente en Annual
al servicio de los intereses mineros de los amiguetes del
rey; perdón por la huelga general del 17 y por la
incomprensión de las humoradas del pucherazo con
que el borboneo decidía por los electores el gobierno
que mejor les convenía; perdón, en fin, por
intentar cambiarle la faz a un país que, en palabras
de Manuel Azaña, había sido hasta 1931 el
territorio sobre el que acampaban cuarenta familias...
Hoy, hace 69 años, comenzó la batalla
de Madrid, y yo quiero recordarlo, aunque solo sea por homenajear
a los míos, a gente como mi abuela, que me contaba
muchos años después, con rabia difícilmente
contenida pero con una dignidad imbatible, como todavía
en enero de 1939, debilitada por el hambre que imponía
el cerco, pateaba los bollos de pan blanco con que los Heinkel
de Su Excelencia bombardeaban a los exhaustos vecinos de
la no rendida capital de la República para minar
su moral: "A nosotros no se nos domaba echándonos
mendrugos, como a perros."
Salud y República.
Fernando Hernández
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Y me pregunto yo ¿En qué momento habrá
un PSOE, una izquierda Nacional, con la sensibilidad suficiente
para, en lugar de protagonizar un homenaje a la División
Azul, vuelva sus ojos a las páginas más dignas
y honradas de nuestra Historia? ¿A quién dedicará
mañana por la mañana su recuerdo el Ministro
de Defensa socialista?, ¿a los beatificados por el
Vaticano de hace unos días?; ¿a la División
Azul?
En un día como hoy se me cae la cara de vergüenza.
Floren Dimas.
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